No soy ese tipo de chica – Lena Dunham

Llevo un buen rato sin escribir nada por aquí, ¿verdad? Bueno, ando sobrada de no-soyexcusas: vuelta al cole, bebé en pleno desarrollo psicomotor, unas cuatros horas de sueño diarias y poco tiempo para leer. Aún así, hay jugosas reseñas pendientes. Entre ellas, Middlemarch (resumiendo, hay que leerlo) o la mitad del libro de Mary Beard (me estaba encantando pero empezó el curso y empezó a costarme transportarme mentalmente a la Antigua Roma).

El libro que traigo hoy aquí ha llegado un poco de casualidad a mis manos. Mis dilectos seguidores ya saben que resido en un terrible páramo cultural (tal vez me lo estoy tomando un poco a la tremenda… ya se sabe, la falta de sueño) en el que no existe ni una triste librería en la que cotillear a gusto. Por esto, y pese a mis conflictos éticos con favorecer el pequeño comercio, suelo aprovisionarme de lecturas en Amazon. De vez en cuando encuentras algún chollo. Este libro, que ronda los 20 euros, un buen día estaba a 5. Como había leído buenas críticas, lo compré. Y…Resumiendo, diremos que al terminar de leer lo he colocado en la estantería que está oculta detrás del sofá. ¿Por qué?

Empecemos por el principio. Si hay una lección de vida -si es que eso existe- que quiero transmitir a mis hijas es algo así como “acéptalo o cámbialo, pero NO TE QUEJES”. No me gustan los quejicas. Cosas que tiene una. Tampoco me caen especialmente bien las personas que adolecen de escasa fuerza de voluntad, que se dejan llevar como si sus vidas se vieran arrastradas de un impulso estúpido a otro sin que ellos pudieran ejercer el menor control. Más cosas que tiene una. Y tampoco me siento atraída por las personas que viven su vida como si estuvieran viendo una película, como si no les estuviera pasando A ELLOS realmente.

Lena Dunham es la campeona de las quejicas sin fuerza de voluntad. Y no solo contempla su vida como su fuera una película. Está sentada en un sillón viendo la película de su vida, comiendo palomitas y pasándoselo en grande. Porque Lena Dunham está fascinada con Lena Dunham. De hecho, cuando vive un momento humillante o embarazoso, Lena Dunham no piensa “¡vaya!”o “¡qué vergüenza!”. No. Lena Dunham está encantada porque ese momento terrible y posiblemente traumático le viene de perlas para la construcción de su personaje. Da la impresión de que se ha metido tanto en “lo ficcional” que ya ha perdido cualquier contacto con “lo real”. No encuentra la salida del laberinto. Ha llevado demasiado tiempo puesta la máscara y ya forma parte de su propia piel.

Lena Dunham es un ejemplo de un tipo de persona con el que tuve ocasión de relacionarme durante mi estancia en EEUU. Jóvenes excesivos, culturalmente inquietos, con cierta tendencia a sobreinterpretarlo todo, que juegan a “ser europeos” sin tener ni idea de en qué consiste la decadencia del viejo continente (si es que eso existe, otra vez). En mi mente, llamo a este tipo de personas “falsos decadentes”. Porque sí, beben y hacen el loco como Hemingway en una boda de pueblo. Pero en la resaca consumen bebidas de acelga y nueces ecológicas. Compran la ropa en tiendas de segunda mano sí, pero sus padres tienen profesiones liberales y probablemente un bonito chalé en la playa en el que pueden refugiarse si se aburren de la vida “underground”. Son personas al límite, almas torturadas y promiscuos decadentes que tienen consulta con el psiquiatra, hacen yoga con regularidad y no se pierden su programa favorito de TV del martes por la noche. Son  expertos en el “riesgo calculado”, en el límite de la provocación, en ser los chicos raros de la exclusiva escuela privada.

Me da algo de pereza Lena Dunham. Me da pereza el recuento de calorías consumidas, sus atracones de pastel, el continuo soniquete de “tío, estoy mu loca” (los verdaderos locos nunca saben que lo están; eso es lo aterrador de la locura). Me da pereza su forma de enfrentarse a la muerte, como si la mortalidad solo se le hubiera ocurrido a ella. Me da pereza que se crea única y especial. Me dan pereza las recopilaciones de amores equivocados y me empalaga el amor maduro y feliz con un hombre -¡oh, sorpresa!- que no la juzga y que la quiere incondicionalmente. Me da pereza ese continuo esfuerzo por ser original.Me da pereza el universo Lena Dunham.

Y ahora viene la contradicción. Me gustó su serie. La vi como ficción (aunque tal vez debería replantearme esto último) y, como ficción, me gustaron los personajes, me creí sus dramas minúsculos, sufrí con sus infinitesimales tragedias y hasta toleré que nos quisieran vender que Girls reflejaba algún tipo de “espíritu generacional”. Como si todas las mujeres de mi generación viviéramos en NY, tuviéramos unos padres moderadamente ricos y altamente comprensivos y pudiéramos dedicarnos a la escritura creativa. Pero bueno, en la ficción puedo creérmelo todo. En un ensayo, empiezo a dudar.

Alguien sabio dijo una vez que deberíamos dejar reposar aquello que escribimos unos siete años en un cajón cerrado. Tras siete años, si no te dan ganas de quemarlo, es apto para ser publicado. Dunham debería probar esto. Si siete años le parece mucho, que pruebe con 2 años. O dos semanas. O cinco minutos. Porque sospecho que la Lena Dunham del futuro no va a estar muy de acuerdo con algunas líneas de la Dunham del presente. Porque los escritos de Lena Dunham tienen una fecha de caducidad peligrosamente próxima.

Para acompañar esta lectura:

Supongo que la recomendación es obvia. Juzga siempre por ti mismo.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado – Maya Angelou

yo sé por quéConocí a Maya Angelou por una camiseta. Mucha gente te dirá que la conocían de toda la vida, que es un referente en la cultura afroamericana (que lo es), que es una autora muy intersante (que también) y que “quién no va a conocer a la señora Angelou”. Bien, yo la conocí visitando una web de camisetas de portadas de libros. Enseguida pensé: “vaya pedazo de título para una biografía” y “más me vale que investigue un poco quién es esta señora” y, por supuesto, y no hay por qué negarlo, “cómo mola esa camiseta”. Desde entonces, Maya Angelou ha(bía) ocupado un lugar privilegiado en mis lecturas pendientes.

Con la estupenda edición de Libros del Asteroide, los lectores castellanoparlantes nos podemos deleitar por fin (ha habido otras ediciones, pero me temo que no tan cuidadas como esta) con el primer tomo de la biografía de la autora norteamericana. ¿Merece la pena interesarse por este libro? Sin duda. Analicemos.

Maya Angelou logra de forma aparentemente fácil un sentimiento de “inmersión total” en la historia. ¿Es posible que yo, lectora española del siglo XXI consiga identificarme con una chiquilla negra del sur de EEUU de la década de 1930? Pues sí. Hasta un esquimal podría vivir como en carne propia las andanzas de la pequeña Maya. Esto lo logra Angelou combinando la sencillez con la sinceridad, la inocencia con la perfecta trasmisión del espíritu infantil. A veces la pequeña Maya es alegre y rebelde; a veces tiene miedo; a veces sufre más de lo que cualquier niño debería sufrir. Y la narración nunca se crispa, nunca se exalta. Es clara y limpia, es humilde, sencilla y sensata hasta para narrar la barbarie. Se trata de unas memorias escritas desde la reflexión personal, desde la asimilación y desde el perdón. Ojo, no desde el perdón a los demás (hay actos imperdonables); pero sí desde el perdón a uno mismo (que siempre es más difícil y valioso). No sé si estoy resultando un poco críptica con esta reseña, pero es difícil trasmitir la placidez con la que Maya Angelou logra narrar acontecimientos terribles (la persecución a los negros del KKK, la violación que sufre por parte de un novio de su madre, su precoz y a la vez ingenuo descubrimiento del sexo consentido…). Al contarnos todas estas sombras, Maya Angelou brilla. Y su luz ilumina toda la narración.

Esta novela me ha recordado irremediablemente (por temática y por el terrible tema de los abusos infantiles) a Instrumental de James Rhodes (reseña pendiente). Sin entrar a valorar quién ha sufrido más, es interesante cómo Maya Angelou no tiene más remedio que sobrevivir al trauma. Cuando Rhodes se bloquea, intenta ignorar lo ocurrido, lucha por eliminarlo de su existencia y finalmente entra en una estremecedora crisis vital, Maya Angelou no tiene opciones. Simplemente tiene que seguir viviendo. Tirar del carro. Hacerse un ovillo simplemente no es posible. Y no es posible porque Maya Angelou es una mujer negra, que, aunque no se puede decir que sea pobre, vive en el sur de los EEUU en una época difícil y no un chico blanco de clase alta a finales del siglo XX. Para muchas mujeres, apechugar y seguir caminando, pese a todo, ha sido la única opción posible. Por todo esto, este relato de Angelou, de fortaleza y de lucha, es un Imprescindible (con mayúsculas).

Para acompañar este libro:

Cuando estudiaba “Género y postmodernidad” (sí; mi vida tiene partes así de chulas 😛 ), la profesora nos comentó que a finales del siglo XX marcó un punto de inflexión el “descubrimiento” social de que los hombres también podían ser violados (véase Pulp Fiction, por ejemplo). Los roles de género se resquebrajan si cualquiera de los dos sexos puede ser víctima de la violencia. El libro de Rhodes (reseña pending) es un estremecedor testimonio de la devastación psicológica que produce la violencia. Lectura dura, pero necesaria.

Instrumental

 

1927: Un verano que cambió el mundo – Bill Bryson

Me ha ocurrido algo curioso con este libro. Compré y empecé a leer la 1927 brysonversión en inglés porque tenía una portada preciosa. Llevaba exactamente la mitad cuando salió en español como oferta del día en #kindleflash. Pensando en futuras aplicaciones pedagógicas, me hice con la versión española también. He terminado de leerlo en español, más que por el idioma (aunque también estoy vaga con el inglés, no nos engañemos), por lo voluminoso del libro. No es que tenga mayor importancia, pero es la primera vez que abandono un libro de papel por uno digital. Alguna vez tenía que ser la primera. No sé si es algo bueno o malo o no tiene importancia, pero dejo constancia por si acaso.

Bueno, vamos al lío. No es el mejor libro de Bill Bryson. Ni siquiera es el mejor libro de divulgación de Bill Bryson. No está a la altura de Una breve historia de casi todo y desde luego está a años luz de los desternillantes libros de viajes (En las antípodas). Pero tampoco se me ha hecho tan largo como En casa (que también tenía sus buenos momentos, pero había ratos pesadetes). 1927 es un libro interesante, muy bien documentado y que destila la información con el gracejo y la fluidez propias del autor. Bryson escoge los meses de verano de 1927 para trasmitir el sentimiento de una época en la que los avances técnicos se sucedían unos a otros con pasmosa rapidez (la aviación, la radio, el cine sonoro, la televisión, los electrodomésticos) y la crisis de 1929 apenas se podía intuir. Los escándalos de todo tipo, los crímenes sensacionalistas, la mafia y los acontecimientos deportivos mantuvieron a la población estadounidense con el corazón en vilo gran parte de ese largo y cálido verano. Lo que más me ha gustado:

  • La historia de la aviación. Cuesta creer que los primeros momentos de la aeronáutica estuvieran protagonizados por inconscientes que se tiraban al vacío en aviones un poco más grandes y algo mejor equipados que una lata de sardinas. Muy bien contada esta parte y casi desconocida para el lector actual. De diez.
  • La historia de Sacco y Vanzetti. Me sonaban los nombres, pero no era capaz de decir exactamente qué había pasado y por qué. Ahora soy una experta.
  • Los primeros momentos del cine y la invención de la televisión. Supongo que no estoy descubriendo nada para los expertos en electrónica, pero la verdad es que nunca me habría imaginado la guerra de patentes desencadenada con la llegada de la televisión.
  • Como siempre, me ha gustado volver a leer a Bill Bryson. Cuando te acostumbras a un autor, volver a leerlo es como reencontrarte con un viejo amigo. Echabas de menos sus chistes y ese sentido del humor tan peculiar y te los vuelves a encontrar. Genial.
  • Esto puede sonar un poco raro, pero creo que lo que más me ha gustado de este libro es darme cuenta de que en todas las épocas hay un, llamémoslo así, “sentido de la vivencia histórica única”. En 2016 creemos, como creían en 1927, que lo que nos pasa es “lo más”. El partido del siglo, la boda del milenio, el escándalo de la década. Pero, ya se sabe, no hay nada nuevo bajo el sol. La espuma de los días de 1927 difiere poco de la rutina cotidiana en el verano que comienza. Es cierto que el autor parece escoger un año especialmente plagado de historia (los vuelos intercontinentales, la ley seca, los crímenes, los mafiosos y demás), pero tengo la sensación de que se podrían escribir libros similares de prácticamente cualquier año. Todo es excepcional y todo es siempre lo mismo. La misma excepcionalidad de siempre (vale, vale; me estoy poniendo intensita, lo dejo ya).

En definitiva, es un libro que gustará a todo aquel que quiera sentir cómo se vivía en los locos años 20. Si alguien está buscando una lectura veraniega que no sea narrativa, he aquí un ensayo de playa/piscina de lo más recomendable.

Para acompañar esta lectura:

Sé que fue publicada en 1925, pero no me resisto a recomendarla (la novela, que a Leonardo Di Caprio no lo soporto). Leí este libro en la biblioteca, así que no lo tengo. Si me tuviera que comprar un ejemplar, sospecho que caería la edición de Reino de Cordelia.

gran gatsby

 

El club de los incomprendidos – G. K. Chesterton

el club de los incomprendidosVoy a intentar retomar la saludable costumbre de escribir la reseña al terminar de leer los libros y no varios meses después. Ya sabemos que hay cierta crianza que me tiene de lo más entretenida, pero vamos a intentarlo. Que no se diga.

Acabo de terminar El club de los incomprendidos. Con ese título, esa portada y ese autor era difícil resistirse a comprarlo. SIN EMBARGO (y ojo, que este sin embargo es importante), no me siento tan entusiasmada como debería. Analicemos.

Este libro es una colección de cuatro relatos unidos por el denominador común de malhechores que optaron por “el mal menor”. El autor intentó (bastante ortopédicamente, en mi opinión) dotar de unidad a estos cuatro cuentos mediante una introducción en la que los protagonistas se reúnen en una especie de club secreto de incomprendidos. Sí, como idea a mí también me gustó, pero no queda tan bien como suena. De hecho, probablemente ése sea el “fallo” (si podemos hablar de fallo en este autor, que no sé yo): las ideas son buenas, pero al desarrollarlas parece que se quedan en ocurrencias. Que el relato no las arropa correctamente. Me explico.

Si nos paramos a considerarlo un instante nos daremos cuenta de que, en realidad, no existen infinitas líneas argumentales. Claro que en ciencia ficción o fantasía podemos hacer lo que nos dé la gana (un dragón que viaja en el tiempo o un astronauta que resuelve crímenes, qué se yo), pero los conflictos humanos, que son los que en último término dotarán de cuerpo a cualquier novela, están bastante limitados. La mayoría de los libros gira en torno a ideas como “venganza”, “historia de amor”, “historia de infidelidad”, etc. Dependiendo del desarrollo que el autor le dé al concepto “infidelidad” leeremos La Regenta, Madame bovary o Anna Karénina.

Con esto quiero decir que no basta con tener la idea. Hay que vestirla apropiadamente.Hacernos creer que estamos leyendo algo que nunca antes nos han contado.

Las ideas de Chesterton -aunque variaciones del mismo tema del “mal menor”- son buenas; los desarrollos a veces son lentos, a veces irrelevantes, a veces simplemente han envejecido mal. Cuando esto pasa, el autor corre el riesgo de que su argumento se quede en anécdota. Cuando la línea argumental sobre la que construir personajes y narración es demasiado endeble, toda la construcción narrativa puede venirse abajo. En algunos relatos (“El traidor leal”, por ejemplo), el desenlace es previsible y el ritmo lento de la narración provoca que al lector le entren ganas de mandar a Sherlock Holmes a que ponga un poco de orden y aligere las cosas. En otros (“El charlatán honrado”), cuesta creerse a algunos personajes (el inspector de policía, la hija del profesor, el profesor mismo). El relato más flojo de todos, en mi opinión, es el de “El ladrón absorto”. Mitad parábola, mitad lectura modernista, me ha costado terminarlo. Aún así, repito, las ideas son buenas y hay párrafos memorables que hacen que la lectura mantenga una alta calidad. Ejemplo:

“Pavonia estaba gobernada por los esclarecidos principios modernos. Esto quiere decir que el rey era popular e irresponsable; el primer ministro, elegido por el pueblo, era impopular y modestamente poderoso; el jefe de la policía secreta era mucho más poderoso, y el pacífico e inteligente banquero, a quien todos ellos debían dinero, era el más poderoso de todos”. Pág. 243.

Entonces, ¿no me ha gustado el libro? Bueno, no está mal. No me ha entusiasmado, pero tampoco creo haber perdido el tiempo leyéndolo.Si combinamos los momentos de placer literario puro (debido a la calidad literaria del autor) con la ocasional farragosidad del desarrollo argumental, puede quedarse en un saludable 6’5/10.

Para acompañar esta lectura:

No tiene mucho que ver, pero la idea de “El ladrón absorto” (una persona que expíe los pecados de otra) me ha recordado a Daniel Pennac y su chivo expiatorio de La felicidad de los ogros. Y nunca sobra recomendar a Pennac.

la felicidad de los ogros

Confesión – Lev Tolstói

Cada ser humano se enfrenta (o debería enfrentarse) a una importante confesión - tolstóidecisión en su vida intelectual: ¿reflexiono sobre el sentido de la vida o me dejo arrastrar por la corriente de los días intentando ser más o menos feliz? Son opciones excluyentes, porque una reflexión sincera sobre la razón de nuestra existencia sobre la tierra nos alejará en segundos de la sonrisa bobalicona y las sobremesas desocupadas y apacibles.

Pensar es peligroso. Siempre lo ha sido. Especialmente para uno mismo, pero también para los demás. Por eso, diferentes instituciones (el estado, la religión, la sociedad) se empeñan en que pensemos lo menos posible, en darnos las cosas “ya pensadas”, las respuestas ya elaboradas, todo resuelto. Y ale, palmadita en la espalda y a ser lo más feliz que se pueda. Porque no todo el mundo está preparado para Pensar. Porque no todo el mundo puede (o quiere) hacerlo. Por eso hay que respetar las decisiones de los “no pensantes”, de los que se conforman, de los que se creen lo ya dado y no exploran por sí mismos. Reflexionar en serio sobre la existencia es como mirar al vacío. Y ya sabemos que el vacío suele devolver la mirada. No hay nada más atrayente que un vórtice infinito que se abre ante nuestros pies, un agujero insondable que reclama nuestra atención constante y exclusiva.

Tólstoi cae en ese vórtice. Rechaza la explicación tradicional (en su caso, la religión) y descubre el pavoroso vacío que se esconde tras la aparente calma de la existencia. Este libro recoge todo el proceso de pensamiento, que va desde la negación de las explicaciones tradicionales (el rechazo a la palmadita en la espalda y la necesidad de encontrar una reflexión personal, una voz propia) hasta la conclusión lógica ante el horror vacui: el suicidio. Si nada tiene sentido, si mi propia existencia es azarosa y, en último término, completamente insignificante, para qué hacer el esfuerzo. Si el descubrimiento de la verdad me impide echarme en brazos de la doctrina de Epicuro (porque algunos afortunados, pese a conocer o reflexionar sobre la Verdad, aún son capaces de disfrutar despreocupadamente de la vida), qué sentido tiene todo. Qué sentido tengo yo.

Pero ¡ay! Tolstói es incapaz de suicidarse. Haber abierto los ojos ante la realidad de la vida lo condena a una existencia forzosa e infeliz, a estar instalado filo del abismo, sin poder arrojarse a él ni dejar de mirarlo. Y el escritor ruso tiene que encontrar una salida, porque este variación del suplicio de Tántalo es demasiado para él, probablemente demasiado para cualquiera. En la solución que encuentra Tolstói los desapegados postnihilistas del siglo XXI podemos encontrar un filón para la crítica. Que si es cobarde, que si es un paso atrás, que si tanto reflexionar para esto. Porque la solución del autor de Guerra y paz es la vuelta a una especie de religión tradicional, íntima, casi animista, alejada de los ritos y centrada en la tradición de sus antepasados. La solución de Tolstói consiste en aplicar a su propia existencia los trucos que cree que usaron sus mayores. En aceptar humildemente que no es el primero en plantearse este dilema y en que no es posible saber si los seguidores de la religión tradicional e íntima han rechazado pensar o han elegido conscientemente la religión como respuesta ante el vacío.

¿A quién recomiendo este ensayo? Claramente, a todos los pensadores, a los que eligen mirar a la oscuridad, a los que no se conforman. Puede que no todos lleguemos a la misma solución que el autor decimonónico, pero la sinceridad de la reflexión y la “humanidad” de la escritura del genio ruso hacen que sea una lectura más que recomendable.

Para acompañar este libro:

La vuelta a lo pequeño, a lo simbólico y a lo natural me hizo acordarme de Walden. Aunque es un poco como mezclar churras con merinas, no puedo perder la oportunidad de recomendar una vez más a mi querido Thoreau.

walden

A merced de la tempestad – Robertson Davies

a merced de la tempestadA veces ocurre que te bloqueas leyendo. No das con el libro apropiado para el momento que estás viviendo. Porque cada momento de tu vida puede necesitar un estilo de libro diferente. A lo mejor un enamoramiento platónico en la postadolescencia necesita una ardua novela decimonónica; un matrimonio rutinario, una divertida comedia ligera; un bebé gritón, una recopilación de haikus.

Digo esto porque creo que no estoy terminando de atinar últimamente con la elección de mis lecturas (y no porque sean “malas”, sino porque no he escogido el momento apropiado para ponerme con ellas). Con la excepción de Instrumental (reseña pendiente, se lee en dos días), tengo la sensación de que de un tiempo a esta parte únicamente empiezo muchos libros y no termino ninguno. Cuando esto ocurre, lo mejor es un cambio radical de estilo. Coge un libro de poesía, quítale el polvo a una novela de Agatha Christie, retoma el contacto con algún autor fantástico que te haya fascinado en el pasado, lee por fin ese tocho de historia al que le tienes tantas ganas. Pero, mientras deshago este entuerto lector, puedo ir adelantando reseñas atrasadas.

Leí A merced de la tempestad en febrero, así que voy con bastante atraso. Es mi segundo Davies y creo que ya puedo decir (con algo de prudencia) que este autor no decepciona fácilmente. Aunque en esta novela se le nota un poco más verde (sobre todo en la duración de algunas escenas, que le resta agilidad a la lectura), el argumento se desarrolla de manera “suave” y “limpia” ante los ojos del lector. Parece que le resulta fácil escribir y, en consecuencia, es muy fácil de leer.

Esta novela trata de cómo un pequeño club de teatro se dispone a representar una versión de La tempestad de W. Shakespeare. Las relaciones entre los miembros del club y, en segundo término, las relaciones entre las diferentes clases sociales de la población constituyen el foco de la novela. Lo mejor, en mi opinión, es la construcción de algunos personajes. El profesor de matemáticas es ciertamente inolvidable, así como la viticultora adolescente. La tipología de mujeres es sorprendentemente variada para la época en la que está escrito el libro.

Creo que este libro gustará especialmente a todos los que quieran una lectura ágil, un argumento entretenido con el punto justo de “suspense” y unos personajes carismáticos. En definitiva, una “novela de sillón con orejas” estupenda.

Para acompañar esta lectura:

Los que disfruten con este libro deberían probar algo del Davies más maduro. Como solo he leído El quinto en discordia, ésta va a ser mi recomendación.

 elquinto

El juego de Ender – Orson Scott Card

 Lo primero que pensé al empezar esta novela fue “madre mía, cómo se parece esto a el juego de enderDivergente“. Lo segundo que pensé fue: “no, espera, cómo se parece Divergente a esto”. Publicada a mediados de los años 80, esta obra nos lleva a un mundo futurista en el que la pesadilla de una civilización alienígena hostil se ha convertido en realidad. La Tierra ha sido atacada por unos seres organizados e inteligentes con los que no es posible la comunicación. Este ataque fue repelido en el pasado, pero la batalla definitiva que acabe con ellos aún no se ha librado.

Para preparar la gran batalla, se selecciona a los individuos más prometedores y se les manda a un entrenamiento intensivo que durará toda su infancia y adolescencia. Los líderes mantienen la esperanza de que, de esta manera, lograran encontrar un Napoleón, un Churchill, un estratega genial que les lleve a la victoria. Los niños-soldado, apartados de su familia (y de su planeta) viven en unas duras condiciones psicológicas, enfrentados entre sí y con una extraña relación con el sistema al que sirven. Hasta su ocio (una especie de programa de realidad virtual) está enfocado a descubrir a ese gran líder que salvará nuestra civilización.

Me ha gustado mucho este libro. Está muy bien escrito, el argumento es (dentro de lo que cabe) creíble y “el lado humano” de todo el asunto se ha mantenido a una distancia prudente de lo sensiblero. Quizás (spoiler) me ha sobrado un poco el animismo de los entes alienígenas y quizás (MEGA SPOILER) se veía venir un poco el desenlace final (el juego real), pero me he CREÍDO a Ender. Me he creído sus conflictos con su hermano mayor, la complicada relación con su hermana y el difícil equilibrio entre su probada capacidad para hacer las cosas bien y su inseguridad.

De momento es lo mejor que he leído este año.

Para acompañar esta novela:

Chicos, dejáos de leer Divergentes y  similares e id a la fuente original. Leed este novelón.

No he visto la adaptación cinematográfica, pero para que os hagáis una idea: